
Las turberas y las lagunas costeras ocupan una pequeña parte de Europa, pero almacenan carbono, regulan las inundaciones, depuran el agua y dan refugio a una rica biodiversidad. Aun así, llevan años drenándose y contaminándose. Un nuevo informe del proyecto BioAgora propone cómo evaluarlas, supervisarlas y restaurarlas, y sostiene que contar especies no basta: lo que importa es cómo funciona el humedal — y al final puedes comprobar si miras la naturaleza como un atento investigador de campo.
En el mapa de Europa, las turberas y las lagunas costeras pasan fácilmente desapercibidas. Ocupan una pequeña parte del continente, pero su importancia es muy superior a su extensión. Almacenan carbono, ayudan a regular las inundaciones, depuran el agua y conservan una rica biodiversidad. Los autores del nuevo informe las sitúan entre los ecosistemas más importantes del continente y, al mismo tiempo, entre los más amenazados.
El estado de estos hábitats no empeoró de la noche a la mañana. Su deterioro es fruto de años de drenaje, cambios en el uso del suelo, contaminación y cambio climático. Juntos han creado una situación en la que invertir la tendencia exige una base científica sólida.
Esa base quiere aportarla el informe elaborado por el Servicio Científico para la Biodiversidad en el marco del proyecto BioAgora, financiado con fondos europeos. El documento responde a una petición de la Dirección General de Medio Ambiente de la Comisión Europea y da respaldo científico a normas fundamentales de la Unión: la Directiva sobre los hábitats, la Directiva marco sobre el agua y el Reglamento relativo a la restauración de la naturaleza. Propone una hoja de ruta científica en tres ámbitos: evaluar, supervisar y restaurar los humedales.
La conclusión principal del informe es sencilla: para proteger las turberas y las lagunas costeras no basta con conocer su distribución en un mapa y contabilizar las especies que albergan. Según los autores, una evaluación eficaz debe fijarse en cómo funcionan estos humedales, y no solo en lo que crece y vive en ellos en un momento concreto.
En la práctica, esto significa observar los procesos que mantienen el ecosistema en buen estado. Pero lo esencial no es lo mismo en los dos tipos de hábitat.
En las turberas, el factor determinante es el nivel del agua. Un nivel freático alto y estable evita que se libere el carbono almacenado y conserva su vegetación característica.
Las lagunas costeras siguen otras reglas. Su productividad depende del delicado equilibrio entre el agua dulce y el agua salada. El problema es que las lagunas son variables por naturaleza, y esa variabilidad dificulta distinguir los cambios naturales de los daños provocados por la actividad humana.
Los autores subrayan que el deterioro de los humedales rara vez obedece a una sola causa. Suelen intervenir a la vez múltiples factores que interactúan de forma compleja y provocan una cascada de daños difíciles de detectar y aún más de corregir. La situación se complica por la falta de datos precisos y específicos de cada entorno. Sin ellos, es fácil confundir el síntoma con la causa.
Para hacer frente a estos problemas, el informe propone un sistema común de seguimiento que combine tres herramientas: imágenes satelitales, mediciones sobre el terreno y métodos de modelización. Hoy los países de la Unión Europea evalúan sus humedales con métodos muy distintos, lo que dificulta comparar los datos y deja la restauración poco coordinada. Por eso el equipo de BioAgora recomienda un sistema de indicadores por niveles, que distingue entre variables esenciales y complementarias. Entre ellas figuran:
El objetivo es contar con criterios comunes para evaluar el estado de los humedales con las mismas reglas en toda la Unión Europea.
El informe incluye además una advertencia clara: no debe utilizarse un único indicador. Ningún parámetro aislado refleja la compleja realidad del funcionamiento de los ecosistemas de humedal. Una evaluación rigurosa requiere combinar distintas fuentes de información, desde las mediciones sobre el terreno y los datos satelitales hasta la interpretación de los ecólogos.
Los satélites pueden detectar cambios a gran escala en los niveles de agua o en la cubierta vegetal. Sin embargo, las mediciones sobre el terreno siguen siendo necesarias para confirmar esas observaciones y comprender qué procesos biológicos las explican. La imagen desde arriba muestra que algo está pasando, pero no siempre explica por qué.
Los autores señalan también el siguiente paso: establecer umbrales de referencia específicos para cada hábitat que permitan distinguir entre ecosistemas bien conservados y degradados. Ese límite daría a los responsables políticos y a los especialistas un punto de referencia claro a la hora de evaluar una turbera o una laguna concreta.
El informe de BioAgora acerca la ciencia a las políticas de la Unión y da a los responsables políticos y a los profesionales del medio ambiente herramientas para proteger los humedales europeos. Su mensaje cabe en pocas frases. Los humedales deben evaluarse por cómo funcionan. En las turberas lo clave es el agua; en las lagunas, el equilibrio entre el agua dulce y la salada. Y solo la combinación de datos satelitales, mediciones sobre el terreno y conocimiento experto ofrece una imagen fiable.
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