
El cerebro humano funciona enteramente mediante reacciones químicas y, aun así, se le considera el ordenador más potente del mundo. El proyecto europeo CORENET comprobó si un principio parecido puede aprovecharse en el laboratorio: redes de reacciones químicas en reactores microfluídicos procesaron datos y la inteligencia artificial leyó en ellas las respuestas. Es un campo en el que la química, la informática y el análisis de datos se sientan a la misma mesa, y al final puedes comprobar si esta forma de trabajar encaja contigo.

Más de diez millones de europeos viven con deterioro cognitivo leve y aproximadamente la mitad desarrollará demencia en un plazo de cinco años. Sin embargo, los médicos no disponen de una herramienta asequible que indique a quién le ocurrirá. El proyecto europeo AI-Mind ha reunido registros de EEG, biomarcadores sanguíneos y evaluaciones cognitivas en un sistema basado en inteligencia artificial — y al final puedes comprobar si has captado los detalles más importantes.

Crear una cuenta, confirmar la edad, enviar un certificado: en internet se nos pide constantemente que demostremos quiénes somos, y a menudo acabamos entregando mucho más de lo necesario. El proyecto europeo TrustED busca otro camino: une la identidad digital soberana, el aprendizaje federado y las tecnologías que refuerzan la privacidad, y las pone a prueba con voluntarios y en hospitales reales — y al final puedes comprobar cómo cuidas tu propia identidad digital.

Un centro de datos ocupa naves enteras; la misma información escrita en ADN cabría en un tubo de ensayo. La idea lleva años sobre la mesa y tropieza siempre con lo mismo: escribir ADN es lento, caro y químicamente sucio. El equipo del proyecto HYPERION acaba de sintetizar sesenta y cuatro secuencias a la vez sobre un chip de silicio, usando agua en lugar de disolventes agresivos. Y de paso encontró algo más interesante que el récord: dónde está de verdad el cuello de botella — que es justo lo que mide el test del final, aplicado a tu forma de buscarlo.

Durante años el debate sobre inteligencia artificial cabía en una pregunta: ¿es ética? El proyecto europeo AIOLIA propone mover el foco y mirar un paso más allá, allí donde un sistema ya sugiere diagnósticos, ordena candidaturas o acompaña un duelo. La cuestión deja de ser filosófica y se vuelve muy concreta: qué le ocurre al juicio de quien recibe esa sugerencia y quién responde cuando falla — y hasta qué punto sigues decidiendo tú cuando la pantalla ya propone una respuesta.