
¿De dónde sale el color rosado del salmón de piscifactoría? En la mayoría de los casos, de un pigmento obtenido a partir de fuentes petroquímicas. El proyecto europeo ASTEASIER, coordinado desde la Universidad de Verona, ha desarrollado microalgas modificadas genéticamente que producen astaxantina natural con menos costes, la ha probado en peces y ha dado lugar a una empresa derivada — y al final puedes comprobar si la biotecnología industrial va contigo.
El salmón no es rosado por casualidad. Su color procede de la astaxantina, un antioxidante de tono rojizo. En la naturaleza lo producen microorganismos acuáticos como respuesta al estrés, y desde ellos el pigmento pasa de un eslabón a otro de la cadena alimentaria hasta acumularse en los peces.
En las piscifactorías la situación es distinta. Los criadores tienen que añadir astaxantina al pienso para que la carne del salmón tenga el aspecto que esperan los consumidores. Sin ese ingrediente, el producto no se vendería igual.
El problema está en el origen del pigmento. Matteo Ballottari, de la Universidad de Verona y coordinador del proyecto ASTEASIER, lo explica así: «La producción y extracción de astaxantina a partir de fuentes naturales (como algas o crustáceos) sigue siendo costosa y difícil de ampliar a los volúmenes que requiere la industria del salmón».
Y añade la consecuencia: «Como consecuencia, alrededor del 90 % de la astaxantina utilizada en la alimentación animal se produce a partir de fuentes petroquímicas, lo que suscita preocupaciones en materia de sostenibilidad». Dicho de otro modo, el color de un alimento que muchos asocian con el mar depende sobre todo de la química industrial.
ASTEASIER, financiado por el Consejo Europeo de Innovación (EIC) entre el 1 de enero de 2023 y el 31 de diciembre de 2024, buscó la respuesta en la biotecnología. El equipo desarrolló cepas de microalgas modificadas genéticamente que ya no dependen del estrés, el factor que en la naturaleza dispara la producción del pigmento.
«Nuestras cepas producen astaxantina incluso en condiciones sin estrés. Eso ayuda a reducir los costes, lo que supone una barrera importante para la penetración de la astaxantina natural en el mercado», resume Ballottari.
El proyecto no partió de cero: se apoyó en dos proyectos anteriores del Consejo Europeo de Investigación (ERC), SOLENALGAE y ASTEASY. Es un buen ejemplo de cómo la investigación básica puede ir convirtiéndose, paso a paso, en tecnología industrial.
El trabajo se repartió entre una universidad y varias empresas:
Producir en grandes tanques era solo una parte del reto. Faltaba comprobar que el pigmento funcionaba donde importa: en el pienso de los salmones. Los ensayos en granjas confirmaron niveles satisfactorios de pigmentación.
Hubo además un resultado ambiental: la huella de carbono de la astaxantina natural resultó significativamente menor que la de la producción sintética. Para un sector que depende hoy de fuentes petroquímicas, es un argumento de peso.
Tras el cierre del proyecto, en diciembre de 2024, ASTEASIER dio lugar a una empresa derivada. La seleccionó FoodSeed, la aceleradora italiana de tecnología alimentaria. «Eso confirma el potencial de mercado del proyecto y respaldará nuestra transición hacia una empresa emergente lista para recibir inversiones», afirma Ballottari.
La nueva empresa intenta ahora cerrar acuerdos con la industria. «También estamos recaudando fondos para continuar nuestra aventura empresarial», añade el coordinador.
El salmón no es el único destino posible de estas microalgas. «Además de los piensos acuícolas, la misma plataforma tecnológica puede aplicarse a otros mercados de alto valor en los que la astaxantina natural ya se reconoce como un ingrediente atractivo», señala Ballottari.
Entre esos mercados figuran los nutracéuticos, la cosmética y la salud animal. La astaxantina natural se valora por sus propiedades antioxidantes, por la protección de la piel, por su efecto antienvejecimiento y por ayudar a reducir el estrés oxidativo.
ASTEASIER recorrió todo el camino de una tecnología industrial basada en la biología: cepas diseñadas en la universidad, producción a gran escala con un socio empresarial, pruebas con peces y, al final, una empresa derivada que busca inversores. La UE aportó 1 982 688 euros, es decir, la totalidad del coste del proyecto.
Para quien piensa estudiar biotecnología o ingeniería química, la historia muestra que un simple pigmento puede reunir en un mismo problema la ciencia, los costes, la sostenibilidad y el mercado.
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