
Casi nadie sabe con exactitud cuánto tiempo pasa deslizando la pantalla, y por eso la pregunta de cuánto es demasiado suele quedarse sin respuesta. Dos universidades estadounidenses le han puesto cifra: tras analizar once encuestas y unos 183 000 adultos a lo largo de una década, el vínculo entre el tiempo en redes sociales y los síntomas depresivos se hace visible por encima de unos 150 minutos al día. No es un diagnóstico ni una prohibición, sino un punto de referencia — y, al final, cinco preguntas sobre tus propios hábitos con el móvil.
«Demasiado» es una palabra sin número. Cualquiera puede decir que pasa mucho tiempo en el móvil, pero pocos sabrían señalar a partir de qué punto ese mucho empieza a significar algo. Un equipo de la Universidad de Cincinnati y de la Universidad Northwestern ha intentado responder con datos en lugar de con intuiciones, y el resultado se ha publicado en la revista Mental Health Research, de la serie Nature Portfolio.
Su conclusión no es una advertencia moral, sino una cifra a partir de la cual los números de las encuestas cambian de forma perceptible.
El trabajo no se apoya en un experimento de laboratorio ni en un grupo reducido de voluntarios. Los autores reunieron once encuestas realizadas entre 2014 y 2024 y analizaron las respuestas de unos 183 000 adultos estadounidenses de entre 18 y 70 años. Diez años y once tomas distintas permiten comprobar si un patrón se repite o si fue casualidad de un año concreto.
Para Hans Breiter, autor de referencia del estudio, esa regularidad es lo llamativo: «En lo que respecta a la depresión y las redes sociales, todos y cada uno de los análisis efectuados a lo largo de esos once años arrojan resultados concluyentes».
Uno de los puntos más interesantes es que el estudio no trata el tiempo de pantalla como un bloque único. Separó distintos usos y comparó cuál de ellos acompañaba con más fuerza a los síntomas declarados:
Solo el primero destacó: el tiempo en redes sociales resultó un indicador de depresión mucho más fiable que el dedicado a ver la televisión, jugar a videojuegos o utilizar el correo electrónico. Dicho de otro modo, dos horas de serie y dos horas de desplazamiento infinito no aparecen igual en los datos.
El umbral que más se repite al hablar de este trabajo son los 150 minutos diarios. Conviene entender bien qué es y qué no es. Es el punto a partir del cual, en este conjunto de respuestas, la relación entre el uso declarado y los síntomas declarados se vuelve claramente visible.
No es un límite de seguridad, no separa a quien está bien de quien no lo está y no dice nada sobre ninguna persona concreta. Los propios autores lo presentan como un punto de referencia para investigaciones futuras: un número con el que trabajar, no un veredicto.
Parte de la explicación que ofrecen los investigadores tiene que ver con el uso que se hace hoy de estos servicios. Nicole Vike, coautora del trabajo, recuerda el punto de partida: «Al principio, las redes sociales eran un espacio para interaccionar con personas conocidas». Hoy buena parte del tiempo se va en consumir contenidos de gente a la que no se conoce, en flujos pensados para que la sesión no termine.
Aquí está la parte que suele perderse en los titulares. El trabajo describe una correlación: quienes declaran más tiempo en redes sociales declaran también más síntomas. Eso no demuestra que una cosa cause la otra, y los autores evitan afirmarlo. Podría funcionar en sentido contrario, o podría haber un tercer factor detrás de ambas cosas.
Martin Block, catedrático emérito de la Universidad Northwestern, sitúa el fenómeno a escala de época: «Las redes sociales son un rasgo característico de nuestra era, al igual que lo fue el automóvil hace más de un siglo».
Más allá del tema, el estudio es un buen ejemplo de metodología en ciencias sociales. Una muestra de 183 000 personas permite detectar relaciones pequeñas que en un grupo de doscientas pasarían desapercibidas, pero sigue apoyándose en lo que la gente declara sobre sí misma, con todo lo que eso arrastra: memoria imprecisa, estimaciones a ojo y respuestas influidas por cómo está formulada la pregunta.
Saber qué se puede concluir de una encuesta y qué no es, en la práctica, la diferencia entre leer un dato y entenderlo. Y es justo el tipo de discusión que aparece en cualquier grado de psicología, sociología, comunicación o salud pública.
Once encuestas, una década y unos 183 000 adultos apuntan a que el tiempo dedicado a las redes sociales acompaña a los síntomas depresivos con más fuerza que otros usos de la pantalla, y que ese vínculo se hace visible en torno a los 150 minutos diarios. Es un punto de partida para seguir investigando, no un diagnóstico. Lo más útil que deja para el lector no es una alarma, sino una idea sencilla: el contador de tiempo de pantalla es un dato, y mirarlo cuesta menos que discutirlo.
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