
Estabilizar un terreno significa casi siempre maquinaria pesada, presiones enormes y ligantes químicos que el subsuelo no olvida. El proyecto CEBREWA, coordinado en la Escuela Politécnica Federal de Lausana, ensayó otra vía: dejar que unos microorganismos precipiten carbonato cálcico entre los granos del suelo y lo aten desde dentro. Dieciocho meses de pruebas, del poro microscópico al talud a escala real — y, al final, la pregunta de si tú llevarías una idea así hasta la norma y el certificado o la soltarías en cuanto funcionase.
Ninguna obra empieza en el hormigón: empieza en el suelo que lo va a sostener. Y ese suelo se mueve. La urbanización avanza sobre parcelas cada vez peores, las infraestructuras envejecen, los terremotos sacuden, la erosión se lleva las laderas y los taludes se deslizan. Cada vez que ocurre algo de eso, alguien tiene que estabilizar el terreno antes de que se pueda construir o circular por encima.
La demanda no deja de crecer, y no solo por obra nueva. Reparar carreteras, vías férreas, terraplenes, embalses y presas es un trabajo constante, y los fenómenos meteorológicos extremos lo multiplican. A eso se suma la escasez de suelo edificable: cuando no queda terreno bueno, se construye sobre el malo y se le pide que aguante.
El método habitual combina ligantes químicos con compactación mecánica pesada. Funciona, pero pasa dos facturas. La primera es energética: generar in situ las presiones necesarias consume cantidades enormes de energía. La segunda es ambiental: la ceniza volante, la cal y el cemento que acaban en el subsuelo pueden causar daños irreversibles a las aguas subterráneas y a los ecosistemas del subsuelo.
Dicho de otro modo, se resuelve el problema geotécnico y se abre otro, más lento y mucho menos visible, justo debajo.
El proyecto CEBREWA (Construction & Environmental Biocementation in REal World Applications) partió de una observación nada nueva: hay microorganismos que, durante su actividad metabólica, producen carbonato cálcico. Esa calcita cristaliza entre los granos del suelo y los une. No es un aditivo que se reparte por encima, es un mineral que crece exactamente donde hace falta.
«Lo que hacemos es aprovechar la formación de calcita mediada por organismos vivos para permitir que los suelos creen sus propios enlaces minerales, en vez de recurrir a ligantes sintéticos convencionales», explica Lyesse Laloui, coordinadora del proyecto y directora del Laboratorio de Mecánica del Suelo de la Escuela Politécnica Federal de Lausana (EPFL), en Suiza.
Un microbio que fabrica piedra es una frase bonita; convertirla en un método de obra obliga a medir mucho y en escalas muy distintas. «Evaluamos la tecnología desde la escala de los poros hasta la escala de campo», resume Laloui. El instrumental del proyecto da una idea de lo que significa eso:
Entre el primero y el último punto de esa lista hay varios órdenes de magnitud y varias carreras universitarias distintas.
CEBREWA duró dieciocho meses, del 1 de febrero de 2021 al 31 de julio de 2022, con una aportación de la Unión Europea de 150 000 euros y el acuerdo de subvención número 963913. En ese plazo el equipo demostró que la biocementación aguanta el salto del laboratorio a la aplicación ingenieril real.
Los ensayos de campo dieron un tratamiento más eficaz y mejoras claras de resistencia. Y dejaron algo igual de útil: herramientas de diseño y de seguimiento, es decir, la respuesta a cuánto tratar, dónde y cómo comprobar después que ha funcionado. Con eso a la vista quedan el control de la erosión, la mejora de la capacidad portante, la estabilización de taludes y el refuerzo de carreteras.
La base científica venía de antes. En BIOGEOS, número 788587, otro proyecto financiado por el Consejo Europeo de Investigación, se patentaron las tecnologías de biocementación; CEBREWA fue el eslabón siguiente, el que pregunta si aquello sirve fuera del laboratorio.
«La tecnología ya se está transfiriendo a través de patentes y de la empresa derivada de la EPFL Medusoil», señala Laloui. Queda, aun así, la parte menos fotogénica del trabajo: más validaciones de campo, certificación internacional ISO y CE, normalización y procedimientos de control de calidad. Sin ese papeleo ningún proyectista firma un talud biocementado, por bien que se comporte en la parcela de ensayo.
En un solo proyecto conviven microbiología, geotecnia, química y modelización numérica. Quien cultiva los microorganismos en el biorreactor no es quien calcula el talud, y ninguno de los dos redacta la norma; sin los tres, no hay tecnología que llegue a una obra.
La otra lección es menos técnica. Que algo funcione en el laboratorio y que se use en una carretera son dos cosas distintas, separadas por años de ensayos, certificados y confianza del sector. Las dos hacen falta, y las dos las hace alguien.
CEBREWA tomó un proceso que la naturaleza repite desde hace muchísimo tiempo, la precipitación de calcita por microorganismos, y lo probó como alternativa a los ligantes químicos en la estabilización del terreno. En dieciocho meses lo llevó del poro al talud a escala real y dejó herramientas para que otros lo apliquen. Lo que falta ahora no es una idea nueva, sino normas, certificados y obras donde demostrarlo.
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