
La acuicultura crece a toda velocidad, pero los peces necesitan agua limpia, y en Europa solo el 37 % de las aguas superficiales cumple los requisitos medioambientales. El proyecto europeo SusWater buscó la solución en materiales que normalmente acaban en la basura: celulosa, quitosano, almidón, gelatina e incluso hongos sacados de aguas residuales. Química, biología y ciencia de materiales trabajando juntas — y al final puedes comprobar si tienes madera de detective del agua limpia.
Cuando pensamos en de dónde viene el pescado que comemos, cada vez más a menudo la respuesta es una granja. La acuicultura es una de las ramas de la industria alimentaria que más rápido crecen, y eso tiene una consecuencia bastante lógica: para criar peces sanos hace falta agua de buena calidad. El problema es que no sobra. Según los datos que recoge el proyecto, solo el 37 % de las aguas superficiales de Europa cumple los requisitos medioambientales. El resto arrastra contaminantes emergentes, restos de fármacos o elementos potencialmente tóxicos que nadie quiere ver en un estanque de cría.
Para atacar el problema se formó el consorcio SusWater, financiado por la Unión Europea y coordinado por Paola Calza, catedrática de la Universidad de Turín. Reunió a nueve socios de tres continentes, cada uno con una especialidad distinta: química analítica y ambiental, ciencia de los materiales, biología, toxicología y aplicación industrial. La idea no era inventar un único aparato milagroso, sino diseñar estrategias completas de tratamiento en las que varias técnicas se complementan. Justamente esa mezcla de disciplinas es lo que hace que un proyecto así resulte interesante para estudiantes de carreras muy diferentes.
El punto de partida fueron materiales sostenibles basados en recursos renovables, muchos de ellos procedentes de residuos. El equipo trabajó, entre otras cosas, con:
Lo interesante es cómo se juntan todas las piezas. Como resume la coordinadora: «Los combinamos con materiales fotocatalíticos avanzados y tecnologías de membranas, vinculando la fotocatálisis, la adsorción y los procesos biológicos».
Limpiar el agua es solo la mitad del trabajo; también hay que saber qué contiene. El equipo desarrolló un procedimiento analítico que no se limita a los contaminantes conocidos de siempre, sino que intenta detectar una fracción más amplia y todavía poco explorada de microcontaminantes. Es un poco como pasar de buscar a un sospechoso concreto a revisar a todo el que pasa por la escena: más laborioso, pero mucho más completo.
Otro resultado llamativo son los sensores electroquímicos portátiles, ya patentados, que permiten medir in situ trazas de metales y de productos farmacéuticos. En lugar de llevar cada muestra a un laboratorio central, el análisis puede hacerse junto al agua, lo que abarata mucho el control de su calidad. Las tecnologías se pusieron a prueba con aguas de cinco países: Dinamarca, España, Italia, Japón y Tailandia.
SusWater dejó colaboraciones en marcha en Europa, Asia y Sudamérica, y varias líneas de investigación que ahora se desarrollan con más profundidad para aplicarlas a otros contaminantes, escenarios y sectores. También nació una empresa derivada, Penso Green, centrada en reutilizar el agua industrial sin verter líquidos al exterior. Es un buen ejemplo de cómo una investigación académica puede acabar convertida en un negocio con impacto ambiental.
El consorcio no se quedó encerrado en el laboratorio. Organizó talleres, participó en festivales de ciencia y en la Noche de los Investigadores y montó escuelas internacionales. Incluso publicó un cómic, «Una historia de SusWater». Según Calza, «Estas iniciativas demostraron que los conceptos científicos complejos pueden comunicarse de forma atractiva sin comprometer la precisión científica». De cara al futuro, las soluciones podrían llegar a la industria farmacéutica, a la producción de alimentos y a la química, además de apoyar la aplicación de la directiva revisada de la UE sobre el tratamiento de aguas residuales urbanas. La coordinadora lo resume así: «En última instancia, el impacto del proyecto va más allá del desarrollo tecnológico, ya que contribuye no solo a futuras soluciones de tratamiento del agua, sino también a sensibilizar a las partes interesadas y a respaldar la toma de decisiones basada en datos contrastados en la gestión medioambiental».
SusWater demuestra que el agua limpia para la acuicultura puede salir, en parte, de materiales que solemos considerar desechos. Adsorbentes naturales, hongos, fotocatalizadores, membranas y sensores portátiles forman un conjunto en el que cada disciplina aporta su pieza. Para quien duda entre química, biología, ciencia de materiales o toxicología, es una prueba de que estos caminos pueden cruzarse en un mismo problema muy concreto: qué hay en el agua y cómo quitarlo.
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