
Un equipo de la Universidad de Toronto y de la Universidad Simon Fraser preguntó a más de 1 200 adultos de Canadá y del Reino Unido cómo se sentían y cuánto les convencía su propia vida. Al cruzar las respuestas apareció algo que no estaba en el guion: quienes tenían más margen para decidir por sí mismos estaban más satisfechos, incluso descontando el buen humor. El placer explica menos de lo que parece y la sensación de elegir bastante más — y al final puedes ver cuánto pesa ese margen de decisión en tu propia idea de estar a gusto.
El trabajo no partió de una idea bonita sobre la felicidad, sino de un cuestionario largo. Un equipo formado por investigadores de la Universidad de Toronto y de la Universidad Simon Fraser (SFU), en Canadá, encuestó a más de 1 200 adultos de Canadá y del Reino Unido. A cada participante se le preguntó por sus emociones positivas y negativas, por su satisfacción general con la vida y por tres rasgos psicológicos: la autonomía, la competencia y el sentimiento de vínculo social.
La pregunta de fondo era fácil de enunciar y difícil de comprobar: si ya se sabe cómo se siente alguien en el día a día, ¿queda algo por explicar cuando esa misma persona juzga su vida entera? Los resultados se publicaron en «The Journal of Positive Psychology».
Sí quedaba algo. Al comparar los tres rasgos, la autonomía resultó ser mejor predictor de la felicidad que los sentimientos positivos o el placer. Y fue la única de las tres necesidades que aportaba algo por encima del simple balance emocional: la competencia y los vínculos también contaban, pero su efecto se diluía en cuanto se sabía cómo se sentían los encuestados.
Jason Payne, investigador posdoctoral del Departamento de Psicología de la SFU, lo resume sin rodeos: «Las personas no son meras hedonistas». Y detalla qué ocurre cuando alguien se para a hacer cuentas: «Cuando las personas se detienen a reflexionar y evalúan si su vida va bien, tienen en cuenta algo más que su equilibrio emocional. Parece que no solo se preguntan si se sienten bien, sino también si son libres».
Llevado al terreno de quien está eligiendo carrera, prácticas o ciudad, la idea es incómoda y útil a la vez: un semestre agradable en el que todo lo decide otra persona puede puntuar peor, en el balance final, que uno más áspero pero propio.
El estudio se apoya en una idea clásica de la psicología de la motivación, la de las tres necesidades psicológicas básicas. Así quedaron en los datos:
De ahí sale la advertencia más incómoda del trabajo, dirigida a empresas, universidades y administraciones que diseñan programas de bienestar. Payne lo formula así: «Los programas y las intervenciones diseñados para mejorar el bienestar pueden lograr mejorar el estado de ánimo, pero si limitan las opciones de las personas, podrían acabar resultando contraproducentes y llevar a las personas a considerar que, en general, su vida es peor».
El ejemplo que utiliza es la pandemia de COVID-19: el uso obligatorio de mascarillas pudo responder al bien común, pero su carácter obligatorio ayuda a entender parte del rechazo que generó, porque chocaba con el sentido de autonomía. La lectura no es que las medidas colectivas sobren, sino que retirar margen de elección tiene un coste, y ese coste casi nunca se contabiliza.
La conclusión que más sirve a quien se está montando la vida la firma Ulrich Schimmack, profesor de psicología de la Universidad de Toronto: «No existe una única forma de felicidad. Cada uno debe definir por sí mismo cuál es su concepción personal de la felicidad».
Es una frase menos vaga de lo que suena. Si la satisfacción depende del margen de decisión, los consejos universales sobre el trabajo que hay que buscar, el ritmo que hay que llevar o el plan de vida que hay que seguir pierden fuerza frente a una pregunta previa: quién está eligiendo. Los propios autores rematan con una dosis de humildad, porque de aquí no sale ninguna solución válida para todo el mundo.
Más de 1 200 adultos de Canadá y del Reino Unido, tres rasgos medidos y un resultado que descoloca: la autonomía predijo la satisfacción con la vida mejor que los sentimientos positivos, y fue la única de las tres necesidades que aportaba algo más allá del estado de ánimo. Los resultados, publicados en «The Journal of Positive Psychology», no dicen que el placer no cuente; dicen que el balance de emociones explica menos de lo que se le atribuye y que quitar opciones, aunque sea con buena intención, acaba pasando factura.
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