
Cada año se sacrifican en la Unión Europea unos 330 millones de polluelos macho: no ponen huevos y no dan carne suficiente para salir a cuenta. Alemania y Francia ya lo han prohibido y varios Estados miembros piden que la UE haga lo mismo. Un proyecto financiado por el Consejo Europeo de Innovación propone otra salida: iluminar el huevo, medir la luz que devuelve y dejar que un algoritmo diga qué hay dentro antes de que nazca nada — biología, física y programación en el mismo sitio, una mezcla que no atrae a todo el mundo por igual.
Trescientos treinta millones. Esa es la estimación de polluelos macho sacrificados cada año en la Unión Europea, la cifra con la que trabaja el proyecto Omegga. No se trata de un efecto secundario raro del sector avícola, sino de su funcionamiento habitual, repetido en cada camada de gallinas ponedoras. Varios Estados miembros han pedido que el procedimiento se ilegalice en toda la UE, y dos se han adelantado por su cuenta: en Alemania y en Francia ya está prohibido.
La razón es puramente económica. Un macho de una estirpe ponedora no pone huevos y tampoco produce carne suficiente para resultar rentable, así que, desde el punto de vista de la incubadora, no hay nada que hacer con él. Al problema ético se suma otro más prosaico: el sector describe la práctica como un desperdicio considerable, porque se dedica calor, espacio y tiempo a incubar algo que se descarta nada más nacer.
El obstáculo no era la falta de voluntad de cambiarlo, sino la falta de herramienta. Los métodos actuales para determinar el sexo de los polluelos son, según el propio proyecto, invasivos, ineficientes y costosos.
Omegga, financiado por el Consejo Europeo de Innovación, parte de una idea fácil de enunciar y difícil de ejecutar: mirar el huevo con luz. El sistema combina espectroscopia y aprendizaje automático para detectar el sexo de un embrión de pollo sin abrir la cáscara.
«Los huevos se analizan mediante luz y se mide el espectro emitido», afirma Katharina Hesseler, directora ejecutiva de Omegga. «Estas mediciones se repiten durante varios días y se analizan mediante inteligencia artificial para identificar cambios sutiles específicos del sexo en el óvulo, incluidos los desarrollos específicos del sexo en el embrión».
La ventaja de fondo la resume ella misma: «Nada es más barato que la luz, que es asequible, rápida y precisa. Además, es un método no invasivo y puramente óptico, lo cual significa que no se requieren productos químicos ni agujas, ni personal adicional».
El sistema determina el sexo del embrión al sexto día de incubación, mucho antes de que se desarrolle cualquier percepción del dolor. Ese detalle cronológico es el que cambia el marco ético del asunto. Los huevos machos y los no viables se retiran pronto y se reutilizan para fines como la producción de vacunas y la alimentación animal, de modo que se evita por completo la necesidad de sacrificar animales.
Al no perforar la cáscara, el método preserva las tasas de eclosión y reduce los riesgos de contaminación. No es un detalle menor cuando cualquier grieta abre una puerta a los microorganismos.
El mayor reto científico fue obtener una señal fiable a través de una cáscara intacta, sobre todo durante los primeros días del desarrollo embrionario. Los huevos varían de forma natural en tamaño, forma, color y grosor de la cáscara, y esa variación entierra la señal que interesa.
«Superamos esto con nuestro método de series temporales», explica Hesseler. «Al comparar cada óvulo con sus propias mediciones anteriores, podemos reducir el ruido biológico y amplificar la señal específica del sexo». Cada huevo se convierte así en su propio punto de referencia, en lugar de compararse con un promedio de huevos ajenos.
La tecnología está diseñada como un módulo de enchufar y usar que puede instalarse en incubadoras industriales estándar, sin reconstruir la infraestructura de la planta. Al integrarse directamente en lo que ya hay, la interrupción del trabajo diario es mínima, algo que pesa tanto como la precisión a la hora de decidir si una instalación adopta o no un sistema nuevo.
«Nuestro objetivo es eliminar el sacrificio de hasta cien millones de polluelos machos al año», señala Hesseler. «Ello se ajusta a los objetivos estratégicos de la UE para mejorar el bienestar animal, promover la innovación agrícola sostenible y apoyar una economía circular en la producción de alimentos».
Lo que el equipo ha construido no es en realidad un detector de sexo, sino una plataforma capaz de leer rápido, de forma automatizada y en línea. Por eso los sectores candidatos son varios:
«Este método puede extenderse más allá de la industria avícola, con posibles aplicaciones en la agricultura, la producción de alimentos y el control de calidad industrial. Al partir de la misma plataforma central, podemos expandirnos a nuevos mercados con el tiempo, creando un negocio escalable con oportunidades para un importante potencial de crecimiento a largo plazo», concluye Hesseler.
Una prohibición en dos países, una cifra de 330 millones y un problema técnico concreto —leer a través de una cáscara— se juntan en un aparato que mide luz y la interpreta con inteligencia artificial. El sexo se decide en el sexto día, sin agujas y sin tocar el huevo, y los que no siguen adelante acaban en vacunas o en pienso. Lo interesante no es el laboratorio, sino que el resultado tenga que caber en una incubadora que ya funciona.
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